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jueves 26 de julio de 2007

CAPÍTULO I


Letra de Antonio Castellote
Dibujo de Juan Carlos Navarro


La casa de cristal

El marquesito se llamaba Leopoldo, don Leopoldo de Valdeavellano, el marqués de Valdeavellano, el marquesito. Acababa de cumplir los treinta y ya nadie le apeaba el don, y lo de marquesito no era porque fuese joven sino porque era el hijo de la marquesa, y además soltero, es decir, en situación de prolongar la infancia y fundirla en una ociosa imagen de rentista, de niño perdis con espolones. La gente siempre se había deshecho en lenguas con el marquesito, pero también cundía en torno a él una cierta simpatía servicial, una especie de agradecimiento patrio por el hecho de que el marquesito jamás, salvo cuando se fue a estudiar, se hubiera marchado de la provincia. No era lo normal. Los jóvenes modernistas como él eran aves de pluma voladora. Todo les venía pequeño y se instalaban en algún palacete de Valencia, o de Barcelona, y muy de vez en cuando, poco menos que para recoger los diezmos, nada más, volvían a la ciudad y pasaban unos días muy aparatosos, llenos de reverencias y actos públicos, para volverse a marchar con los primeros fríos y dejar la casa como un mausoleo abandonado. En el mismo Teruel había varias casas así, terratenientes que no se dignaban siquiera compartir el aire del que vivían. Esto la gente lo llevaba mal. De fuera vendrán..., comentaban a la mínima.
Así que el caso de los marqueses de Posos, de la marquesa sobre todo, que necesitaba para ella sola y para su servidumbre casi todo el palacio de la calle de San Miguel, era muy apreciado entre la ciudadanía. La marquesa no era ruin, sorprendentemente, pero aunque lo hubiera sido siempre habría estado a su favor el hecho de vivir en la ciudad. Siempre la habrían perdonado por ser como de casa, tan campechana ella paseando por la carretera de Cuenca con sus criadas. Y algo parecido sucedía con el cabraloca del marquesito.
La marquesa, doña Dolores, se lo dejó bastante claro cuando Leopoldo terminó sus estudios de abogado. “Muy bien”, le dijo, “ya te han regalado el título y, como no creo que lleves intención de trabajar jamás –y menos mal, por otra parte–, lo único que te pido, hijo mío, es que vivas con discreción”. El marquesito dijo que sí. “Sí, mamá, no te preocupes por eso; tú a mí hazme el favor de no preocuparte por mí, y yo no te daré ningún escándalo, te lo prometo”.
El marquesito casi cumple su promesa. El marquesito era un hombre de palabra, pero la vida se interpone. Como él mismo solía repetir en momentos de especial decadentismo, la vida es una breve primavera. Debió añadir, al decirlo, que nunca sabes cuándo estallarán los truenos, cuando vendrá la tormenta; cuando, sin esperarlo, sin darnos tiempo a cobijarnos, nos anegará la lluvia.
Pero en aquel momento, en 1906, nadie lo habría dicho. Como esos mozos juerguistas que de la noche a la mañana se recogen y sientan la cabeza, y en pocas semanas su imagen, sus movimientos incluso, ya no son los de un gaire bebedor sino los de un padre de familia, así el marquesito, en cuestión de días, adoptó el aire grave de un señor: se encargaba trajes negros, usaba bastón, capa española y bombín de paño, y cualquiera hubiese dicho que era esa la imagen que cultivaría durante los siguientes cuarenta años, hasta que fuera rematadamente viejo.
En la cabeza del marquesito estaba el alternar la imagen que deseaba su madre con algunas escapadas en las que hartarse de vino y rosas. Y así lo hizo, los primeros años. El señor severo que daba prestigio en los entierros se convertía en un pimpollo con las puntas del bigote retorcido que se pintaba los ojos y se perdía en francachelas de poetas. Su imagen pálida, su semblante adusto, esa forma digna de ir al lado de su madre, sujetándola del bracete, esa manera tan seria de intervenir en las conversaciones, todos esos achaques de solterón eran perfectos para las reuniones vespertinas de la marquesa y para el complejo entramado de actos piadosos con que la señora rellenaba su vejez. La marquesa era madrina de casi todas las cofradías de Semana Santa, ella en persona se encargaba de diseñar los mantos de flores de la Virgen. Bueno, ella no. El que lo hacía era el marquesito, pero su faceta de florista era una de las que su madre le había pedido que no sacase a pasear. A cambio, una vez al año, el marquesito podía asomarse al balcón de los Ferranes, solícitos amigos suyos, y ver una procesión de Viernes Santo que en realidad era un desfile con sus diseños florales, como aquel que asiste a una pasarela de moda de esas que un par de veces al año el marquesito veía en París.
Lo de las flores era un secreto. A tres o cuatro leguas de la capital, según se remonta el Guadalaviar, en una de aquellas vegas que bajan del páramo hasta el río, Leopoldo cuidaba sus flores en una masía fluvial que él había convertido en invernadero. En los últimos tiempos, entre que su madre andaba un poco renqueante y que su pasión botánica lo absorbía, Leopoldo apenas iba perezosamente a Zaragoza, pero las grandes juergas valencianas iban distanciándose en el tiempo. Ahora ya se estaban pasando los fríos y en el invernadero había que trabajar a destajo. El marquesito empleaba a estudiantes pobres de los Hermanos de la Salle, venidos de los pueblos, a los que durante casi todo el invierno metía en la biblioteca para que estudiasen junto a la estufa.
Todos lo llamaron siempre el invernadero, empezando por la marquesa, a la que le horrorizaba una casa que en verano pudiera estar infestada de bichos del campo y que en invierno sólo fuese frecuentada por labradores. Era una de esas casas con forma de gallina clueca que pueblan las masadas de los pueblos, pero estaba cubierta de octubre a mayo por una cristalera que daba la vuelta a las cuatro fachadas. Durante los meses de invierno sólo se veía desde el camino que bordea el río una cristalera de reflejos plateados entre la maraña de las ramas de los sauces, que cuando echaban hoja la emboscaban y ya no se veía nada.
Al principio Leopoldo sólo iba para recoger las flores. En la parte más baja de la finca, al nivel del río, había sustituido las antiguas plantaciones de pipirigallo por hileras de dalias y de crisantemos, y los huertos que bañan en terrazas las acequias se poblaron de clavelinas. Hubo una época en Teruel, a principios del siglo XX, en que a todos los muertos se les echaba en la fosa un ramo de flores de Leopoldo, cuya oscura silueta figuró en la cabecera de la mayoría de los entierros.
La jardinería no era solo un pasatiempo. Poco a poco, casi sin darse cuenta, un libro ahora, unas zapatillas de paño después, Leopoldo fue trasladando al invernadero las habitaciones que ocupaba en el palacio. Una tarde, como tenía por costumbre, mientras tomaban el té desde los balconcitos que daban a la plaza de la Bombardera, Leopoldo anunció a su madre que se iba de viaje. La madre nunca ponía el menor inconveniente. “Sí, hijo, sí”, le decía, “sal y desfógate un poco, y no te olvides de traerme unas botellas de agua de Vichy”. Esa vez, sin embargo, en vez de alojarse en el pisito del paseo de Colón, o en su apartamento del Park Güell, Leopoldo se marchó al invernadero y allí pasó, protegido por la enorme cristalera que brillaba entre las ramas de los sauces, un par de semanas en las que gozó de la felicidad morbosa del silencio y del cuidado constante de las flores. Ayudaba a sus ayudantes en sus deberes, un chico de Alfambra, Luisín, y otro de Fuentescalientes, Isidoro, pasaba revista minuciosa de las flores o se sentaba en el sillón de orejas frente al fuego bajo, a leer un tratado de Celestino Mutis.
Y pensaba. La situación le hacía gracia. “Me parezco al emperador Tiberio cuando se retiró a las espeluncas de Capri”, bromeaba junto al rododendro, pero lo más gracioso era que aquellos dos muchachos, a su edad y con sus circunstancias, habrían estado al servicio de cualquier otra familia pudiente, y desde luego no los habrían empleado en ponerlos a estudiar. Y sin embargo, como tantas otras cosas, había que ayudarlos en secreto. ¡Un solterón con dos muchachos, y allí en el huerto! El escándalo que se imaginaba le hacía reír de emoción a Leopoldo, pero la promesa de no afligir a su madre y un cierto olfato para la prudencia que había heredado de su padre lo convencieron de llevar siempre consigo a un criado de la casa, alguien de la absoluta confianza de su señora madre, el más viejo y leal de los criados, Fermín, un anciano fibroso que escardaba los gladiolos con la mano.
Estas medidas de protección ante el escándalo sólo lo abandonaban en la más absoluta soledad, lo que sintió aquella tarde que los muchachos ya se habían ido a sus pueblos y Fermín estaba en un entierro humilde, representando a la familia, y él se marchó al invernadero y las horas iban más despacio y más deprisa, lo primero porque pudo disfrutar todo el tiempo de sí mismo y su silencio y lo segundo porque al terminar aquellas dos semanas se sintió mucho más joven, menos cínico, con más ganas de vivir.
Nada más volver a casa, como si viniera del extranjero, entró frotándose las manos al gabinete de su madre, dispuesto a contarle bellas mentiras y a proponerle proyectos interesantes.
–Se me ha ocurrido que no estamos dejando en la ciudad, aparte de este palacio, ninguna huella arquitectónica, mamá.
–¿Ah, sí? Pero querido, ¿y quién te piensas que pagó el panteón?
–No seas tan estricta, mamá. Yo pensaba en algo un poco más visible.
–Una estatua de tu padre, ni lo sueñes.
–¿No? ¿Y por qué no? Una estatua tipo Castelar. O bien tipo Flaubert. ¿No te parecería mejor así? Papá fue un prohombre de la ciudad. A los prohombres se les hacen estatuas de bronce con barriga y bigotes largos. Papá gastaba bigotes de moco, mamá.
La madre fingía enfados de madre, y el hijo se sentaba en el brazo de su sillón, mientras probaba las tortas finas.
–No te rías de tu padre. ¿De dónde has sacado esas tonterías?
–No te enfades, mamá. Yo estaba pensando en algo mejor. ¿Qué te parece un asilo para ancianitos desamparados?
–Carísimo.
–¿Y no te haría ilusión, mamá?
–Llama a Josefina y dile que me caliente la tetera, que está helada. No sé yo dónde querrás ir a parar, hijo mío.
Leopoldo tiró de la campanilla.
–¿Y una iglesia?
–¿Otra?
–Mamá, si te refieres al mausoleo, nadie se va a acordar jamás del dinero que pusiste.
–¿Y se puede saber por qué una iglesia? ¿No te parecen pocas, que nos pasamos la vida en ellas?
–Esto va a ser la fe, mamá. Esto va a ser que me he caído del caballo.
–Yo no sé si tú te habrás caído del caballo, Leopoldo, pero yo, del guindo, hace mucho ya que me he caído. Así que tú verás lo que haces, pero las facturas las voy a seguir firmando yo.
–¡En qué concepto me tiene, señora marquesa!
–No me vengas con pamplinas. Si no sujeto a tu padre, nos deja en la puta calle. Así que como para ponerle estatuas.
Leopoldo dio por cumplimentado el protocolo y se puso manos a la obra. Hacía tiempo que pensaba en un arquitecto catalán que vivió durante algunos años en Teruel pero tuvo que volverse a Cataluña y ahora trabajaba, según sus últimas noticias, para el ayuntamiento de Tortosa. Este arquitecto, Pau Monguió, había traído un aire nuevo a la ciudad. Sólo había estado tres años en Teruel, entre 1899 y 1902, pero en ese tiempo participó en la reconstrucción del convento de los Franciscanos y construyó el panteón del Capítulo Eclesiástico, aparte del nuevo Depósito de Cadáveres, todo ello en un estilo muy moderno.
Leopoldo lo conoció en la Sociedad Económica Turolense de Amigos del País, donde pronto Monguió había sido nombrado presidente de la Sección de Instrucción y Bellas Artes. Leopoldo pensaba en él como el artista al que se podía dejar suelto para que desarrollase lo que no había tenido la oportunidad de crear en un mundo tan saturado de genios como el de Barcelona. Pensaba en él para el invernadero, para levantar una hermosa villa floral, una villa como la de Adriano, mejor que Tiberio. La llamaría, eso lo supo desde el principio, La Villa de Pomona.
Pero Leopoldo era todavía un estudiante que escribía versos en los libros de derecho mercantil. Entonces era sólo una ilusión modernista, y su padre, que aún vivía, nunca quiso saber nada de arte. Pero ahora era él. Y él quería decorar el invernadero. Había que averiguar qué había sido de Monguió, que salió a escape de la ciudad, víctima de un turbio asunto que Leopoldo no vivió y que ahora no le importaba en absoluto. Puesto que no había sido posible una revolución moral, por lo menos iba a darse el gusto de una revolución estética, aunque tuviera que vestirse de negro para siempre.

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CAPÍTULO II

Letra de Antonio Castellote
Dibujo de Juan Carlos Navarro

Las fiebres ondulantes

Guillermina estaba desesperada. En aquel pueblo no había más que mosquitos. La carrera del prometedor arquitecto con el que se casó estaba empantanada en un pueblo de huertanos cuyo ayuntamiento ni siquiera le pagaba el sueldo. Habían tenido ya que prescindir de casi todas las doncellas, y a este paso acabarían robando coles por los huertos para poder comer; cualquier cosa antes que dirigirse a su padre, don Sebastiá Oriol i Claramunt, a pedirle dinero. ¡Ella que se había empeñado en casarse con un artista, que había desdeñado a los jóvenes notarios que le presentaba su padre! Ella sabía que la vida del artista no es un camino de rosas. Pero, puestos a pasarlas canutas, ¡por lo menos que las pasasen en París, en un ático del Barrio Latino, y no en Tortosa, provincia de Tarragona, que estaba llena de mosquitos!
Se pasaba el día escribiendo a sus amigas de Barcelona largas cartas de caligrafía mustia en las que Guillermina introducía toda clase de insinuaciones para que acudiesen a rescatarla. Escribía las cartas junto a la ventana que daba al corral de la casa de al lado, y cuanto más hiriente resultaba su desesperación más largas le salían las misivas, lo suficiente para que el cansancio emocional la terminara relajando y arrojase al fuego los papeles. No llegó a mandar ninguna. Fueron días de llorar apoyada en la repisa de la chimenea, alimentando el fuego con sus pensamientos y deshaciendo después las pavesas con el atizador, hasta que se confundiesen entre las cenizas de la madera.
Esta tortura, sin embargo, era estrictamente privada. Pau Monguió nunca notó nada. Cada vez que se hacía la hora de volver de su despacho en el Ayuntamiento, Guillermina se lavaba la cara y ponía la mesa para dos con la vajilla de la boda, aquellos platos de loza con ciervos asaeteados que corrían por el borde del plato hasta morir de amor. Lo único que no abandonó a Guillermina fue un consejo de su padre, también el único que quiso seguir: nunca perder la compostura, nunca exhibir la debilidad. Guillermina bajaba por las mañanas a las callejuelas de Tortosa y se metía en las tiendas con las criadas y curioseaba en los puestos de pescado, y aprendía el arte de la resignación. Se había equivocado de hombre. ¡Y pensar que lo conoció en la misma fiesta que a Josep María Jujol, que ya estaba triunfando en Barcelona y era inseparable de Gaudí! Le dolía la cabeza de pensarlo, y de despreciarse a sí misma mientras lo pensaba, así que, cuando Pau Monguió se colgaba la servilleta en el cuello duro de la camisa, Guillermina se limitaba a sonreír con la dulzura que le habían inculcado. ¿Alguna novedad?, decía, sonriente, antes de que la criada repartiera en dos platos una fuente repleta de col.
Unos días le afectaba más la ira y otros menos. Se relajaba en la lectura de novelas francesas y en una muy moderada vida social, si por vida social podían entenderse aquellas comilonas de tenderos que alicataban las fachadas de sus comercios con azulejos de colorines. En una mujer peor educada, su carácter habría sido, como se suele decir, de rompe y rasga, pero Guillermina supo desde niña cuáles eran los indicios para barruntar los ataques de ira, y también qué remedios la sosegaban. La lectura solía ser un buen termómetro para su angustia. Si la velocidad con la que leía era la misma que la velocidad con la que pensaba, Guillermina estaba tranquila. Pero cuando, después de comer, cuando Pau se marchaba al Casino de Tortosa y el niño, el pequeño Raimon, se sentaba en el secretaire de su gabinete para rellenar las hojas de caligrafía, cuando Guillermina, en fin, descansaba en la mecedora junto a la ventana, si entonces la lectura le proporcionaba más alivio que otros días, si notaba remansarse el pensamiento con las idas y venidas de las heroínas, entonces Guillermina se preparaba para un ataque sin tregua del que nadie debería notar nunca más que la simpatía que se le supone a una joven y bella esposa. Y eso era dolorosísimo.
Las tardes de lectura se alargaban porque le daba miedo salir a la superficie no leída y sentir que su pensamiento se había desmelenado. Entonces aparecían uno por uno a desfilar por su cerebro en llamas los fantasmas, sentía punzadas en las sienes y lo normal habría sido tomarse unas sales y retirarse a la penumbra de sus habitaciones, a pasar la tarde sin mirar a nadie, devorándose por dentro, pero Guillermina, en esos momentos, lo que hacía era ponerse a limpiar. No estamos diciendo que asumiese las funciones de la servidumbre. Guillermina sólo limpiaba los muebles de madera de plátano que su padre, íntimo del señor Güell, le había regalado para cuando ella y Pau se instalasen en Barcelona. Aquel sillón vegetal tallado en madera de Argelia, con enredaderas que subían por las patas y macizos de rosas que colgaban de los brazos, y que exigían usar el plumero como en las excavaciones arqueológicas y meter la punta del dedo envuelta en un trapo por los instersticios de las flores. Todo esa minuciosidad de ir quitando el polvo mota por mota la relajaba mucho. De momento, la pieza más hermosa, el aparador estilo Vaillin, lo tenían metido en la cuadra, tapado con forros de mantas, al lado de la tartana, porque no cabía por la escalera.
En Tortosa vivían en una casa estrecha del carrer de l’Om, de espaldas al río Ebro. La única estancia agradable, y tampoco con demasiada luz, era un salón que además usaban de comedor, de despacho y de gabinete. Los muebles de madera de plátano se amontonaban en un espacio de techos bajos y humildes proporciones, para ir de un sitio a otro tenían muchas veces que caminar de lado. El Ayuntamiento de Tortosa debía ya unas cuantas mensualidades a Pau Monguió. Él y su mujer estaban liquidando el patrimonio, pero sobre todo él estaba trabajando gratis y ella no vivía en Barcelona. Guillermina, para resolver estos conflictos, o al menos apaciguarlos, leía o limpiaba o seguía las normas previstas: ella debía seguir confiando, si es que eso servía, por lo menos, para dominar algo mejor su pensamiento.
A sus cuarenta y cuatro años, el arquitecto Pau Monguió había perdido el optimismo. En su obsesivo huir hacia Barcelona tuvo que enfrentarse a circunstancias muy desagradables. Ya ni siquiera era posible regresar a Tarragona, donde había firmado algunos de los edificios más modernos de la ciudad. Desde que se marchó de Teruel, en 1902, su obra iba dando vueltas a una noria que iba estrechando su propio cerco como un sumidero. Había fundado una familia y los muebles no cabían en el comedor. Su esposa, no obstante, aportaba la tranquilidad necesaria para no desesperarse. Su dulzura imperturbable disipaba cualquier nube, pero a Pau, en las horas muertas del café, cuando las conversaciones sobre el Riff ya le asqueaban, o cuando alguien, con más o menos retintín, mencionaba al maestro Gaudí, y sobre todo al gran Jujol, su compañero de estudios, gran triunfador, y otrora, quién lo diría, rival de amores, en esos momentos Pau Monguió notaba la sangre írsele piernas abajo y que un silencio vacío se apoderaba de su cuerpo, pero siempre lograba recomponer la sonrisa, colgarla otra vez de sus bigotes engomados, y a la mínima gracia que alguien dijera batir la panza con sus carcajadas.
Pau Monguió pasaba las mañanas en su despacho del Ayuntamiento, un cuarto del sótano donde se amontonaban rimeros de legajos. Como trabajaba mucho más deprisa de lo que aquel ayuntamiento era capaz de construir, el arquitecto acumulaba los proyectos. Guardaba el desánimo absoluto para cuando estaba solo, metido en aquel agujero de paredes abombadas y olor a salitre. Luego, cuando se sentaba en el comedor, mientras se ajustaba la servilleta al cuello duro, Pau Monguió sonreía otra vez.
Una mañana de marzo el correo le trajo dos cartas al Ayuntamiento. Una de ellas tenía el peso y el aspecto de las reclamaciones denegadas y los concursos perdidos. La otra tampoco llevaba remite, pero los rasgos de la letra subieron el pulso del arquitecto. Era su hermana Monserrat, que vivía en Barcelona. Lo normal era que Monserrat le pusiese al corriente de la vida cultural barcelonesa y le avisara de algún encargo particular. La letra de su hermana siempre le hacía sentir que acababa de visitarle la gran oportunidad de su vida.
Esta vez, sin embargo, las noticias eran muy tristes. Rosser, su sobrina, la hija de su hermana, había contraído las fiebres ondulantes. Al parecer había sido la leche de unas cabras que pastaban junto a las obras de la Sagrada Familia, adonde Rosser había ido, como siempre desde que era casi una niña, para copiar los nuevos edificios modernistas de Barcelona y enviárselos a su tío Pau, metidos en las cartas de su madre.
La noticia le llenó de dolor. Rosser ya no era la niña que pintaba monigotes en la escuela. Había cumplido ya los diecisiete años, y llevaba tiempo dándole disgustos a su madre. Otras veces, en tono de discreto reproche, Monserrat había afeado a Pau la costumbre de mandar a la muchacha a que dibujase los portales de las casas. Siempre había ido acompañada, naturalmente, pero Monserrat, cada carta con mayor frecuencia, insistía en que la niña estaba viendo mucha calle, demasiada calle.
Pau Monguió se sintió culpable de haber inducido a su sobrina Rosser a probar la leche de las cabras de la Sagrada Familia. La madre no sabía qué determinación tomar con ella, ni cómo corregir su extremo comportamiento, ya de por sí de lo más imprevisible, ni, por encima de todo, como atacar la brucelosis. Al final, tras unas cuantas consideraciones finales en torno al amor fraterno, Monserrat pedía a Pau dinero para llevarse a la niña a la sierra, para curar allí sus fiebres ondulantes con el aire sano del monasterio de Poblet.
Pau quería mucho a su hermana, y también a Rosser. No poder ayudarlas era peor que no haber triunfado en Barcelona, mucho peor que no haber vivido en París. Aquella carta entre sus manos húmedas era un aviso del diablo, el momento después de un silencio largo y feliz en que suena por sorpresa el picaporte. No podía ayudarlas, a no ser que prescindiera de la criada, que le volviesen a pagar su sueldo, o que, en último término, vendiesen a un burgués de Barcelona el aparador estilo Vaillin y todos los muebles inmensos que no le dejaban pasear por casa con las manos en la espalda.
Sólo había empezado a pensar en una solución y ya se sentía agotado. El salitre del despacho le sofocaba los pulmones. Como primera tregua de sus desvelos, abrió la segunda carta. No llevaba sobre oficial, pero el membrete era del Ayuntamiento de Teruel. La palabra Teruel lo volvió a poner en guardia. Monguió se sentía orgullosísimo de sus trabajos en aquella primera época, pero aún no había digerido el desprecio y la humillación con que fue desposeído de su cargo de arquitecto municipal, aquel hundimiento inesperado del que, con los planos en la mano, Monguió siempre defendió que no era el culpable.
Pero aquel accidente acarreó un sinfín de requerimientos y evasivas que llegaban cada pocos meses con el correo. Esta vez, para su sorpresa, nadie le negaba nada. La nota era muy breve. El Ayuntamiento le invitaba formalmente a cubrir la vacante de arquitecto municipal de la ciudad de Teruel. Ofrecía un sueldo anual de tres mil pesetas.
Pau Monguió se quitó el blusón que usaba en su despacho para protegerse de los ácaros, y apañó con él un hato donde llevarse los enormes rollos de papel con sus proyectos de los últimos seis años. Mientras bajaba por la rambla de Pedrell, con el maletín de cuero en una mano y en la otra el bolsón lleno de tubos que asomaban, Pau Monguió casi no tuvo tiempo de pensar en la buena administración de las noticias. Los problemas económicos habían quedado resueltos, y también, en cierto modo, los artísticos. ¿Pero y Rosser? El que Guillermina fuese de tan buen conformar sólo implicaba un sacrificio cada vez. Ella no diría nada, pero Pau, un hombre de su tiempo, con proyectos de patriarca bonachón, pero sin un pelo de tonto, notaría sin duda la mella en el rostro de Guillermina. Antes de llegar al portal de su casa, Pau volvió a atusarse los bigotes, y metio un poco la barriga, y desplegó su sonrisa cotidiana. Cuando se hubo ajustado al cuello la servilleta, se detuvo un momento, congeló la sonrisa, y luego dijo:
−¡Bueno, familia, se acabaron las estrecheces!
−¿Ya te han pagado? −dijo Guillermina, con un leve quiebro de la voz, como sujetando el tono violento que salía de su alma.
−Me han subido el sueldo, encargos aparte. Y lo mejor −dijo Monguió, y esperó a que la criada hubiera puesto la sopa para continuar−, y lo mejor es que nos cambiamos de casa. Amplios salones, vistas al río, habitaciones para el servicio. ¡Te van a faltar muebles, Guillermina! ¡Vas a ver cómo te lucen! La casa tiene luz a todas horas del día.
Guillermina sintió la noticia como una puñalada. El único consuelo de vivir en aquella casucha con el aparador en la cuadra era su condición de insostenible, de que aquello no podía ser el resto de su vida. Pero una casa más grande, un palacio incluso con todos los detalles que Pau Monguió seguía recitando con su jerga de arquitecto, sólo podía significar que el camino había terminado. Junto al río, pensó mientras a duras penas mantenía la sonrisa, seguro que hay más mosquitos. Como pudo recompuso el gesto y preguntó a su marido.
−¿Y en qué calle está?
−No lo sé −dijo Pau Monguió−. Aún no lo sé. No es aquí.
Las cucharas se posaron sobre los platos. Sólo se oía comer al niño.
−Es en Teruel −dijo, y antes de que Guillermina contestase nada siguió enumerando las estancias de la nueva casa, sobre todo aquellas que pudiesen ilusionar al pequeño Raimon.

CAPÍTULO III

Letra de Antonio Castellote
Dibujo de Juan Carlos Navarro
Locomotora Mastodonte



Una locomotora Mastodonte de la Compañía Minera de Sierra Menera cruzaba el puente de Albentosa con quince vagones cargados de veinte mil kilos de hierro cada uno. Tan sólo llevaba unos meses de funcionamiento, pero ya su máximo accionista, Sir Ramón de la Sota, entonces todavía don Ramón de la Sota, a secas, había empezado a forrarse. El hierro de Ojos Negros bajaba al desembarcadero de Sagunto y de allí lo exportaban en barco a las industrias de Inglaterra. Un millón de toneladas de hierro bajaban al mar cada año.
Las formidables Mastodontes 240 de cuatro ejes motores llevaban los nombres de las minas grabados en placas de bronce, y en llano pasaban de sesenta kilómetros por hora. Eran la envidia de las locomotoras, y con ellas un tendido que, por expreso deseo de Ramón de la Sota, iba paralelo pero no compartía la línea de la Compañía Central de Ferrocarriles. A pesar de que la nueva compañía formalizó todos los permisos en 1902, hasta 1907 no cesaron los litigios sobre el trazado de la vía férrea. La mayor parte de las demandas y las negociaciones se centraron en aquellos terrenos por donde pasaba la nueva vía, unos porque la Compañía Central los reclamaba como suyos y otros porque los terratenientes se hicieron de rogar. Pero don Ramón no reparó en gastos. Construyó hermosos puentes de piedra y redujo los desniveles al tremendo puerto de Escandón, donde más a fondo debía emplearse el fogonero.
Este puente de Albentosa era el más grande de todos. A lo largo de ciento veinte metros se sucedían diez arcadas de piedra, y el tren minero lo atravesaba por encima del vacío, a cuarenta metros del suelo. Desde la cabina de la locomotora Bárbara el espectáculo era sobrecogedor. El señor Moreno, el maquinista, un hombre fuerte, serio y ceñudo, que llevaba largas barbas de navegante y no se quitaba nunca el chaquetón ni la gorra de plato, solía tirar de la sirena justo al pasar por este puente, cuando los campos de carrascas y sabinas rastreras se cortaban en un vértigo de piedras desnudas al final del que sólo se veía un hilillo de plata. El fogonero, Pascual, se sentaba entonces en el asiento que traían las nuevas Mastodonte incorporado, y se quedaba tieso, conteniendo la respiración, sin mirar al vacío, asombrado de la fe que su maestro el maquinista tenía depositada en el progreso. Una nube de humo denso acompañaba entonces al rugido de la máquina, y a Pascual le daba la sensación de que con tanto ruido tenían que temblar las bielas, o romperse la caldera, o salirse alguna rueda. El señor Moreno lo miraba entonces con condescendencia, como diciéndole que hasta que no se le quitara el miedo no sería maquinista de verdad.
Sin embargo, casi cada día que llegaban a las minas, mientras los mineros cargaban los vagones, había que reparar alguna válvula, restañar un engranaje, fundir un gancho, empalmar una cadena. Eran las ocho de la mañana. Habían viajado de noche hasta Caparrates, iluminados por el carburo que alumbraba unos metros de las vías y donde a veces se veían fugaces los ojos rojos de alguna zorra. Para Facundo, atravesar cada mañana los llanos del Jiloca en la locomotora era lo mejor que le había pasado en la vida. Aquellos trigos verdes que perfumaban la cabina en los días de lluvia, aquel avanzar entre montañas azules y dejar el pensamiento al pairo de las bielas. No contradecía en nada al señor Moreno, quien por otra parte tampoco soportaba el servilismo, y se esforzaba por cuidar los detalles y descubrir fisuras en las arandelas. Cuando paraban la locomotora en el muelle de carga de Ojos Negros, un campo de arena roja cruzado por vías de hierro, Pascual bajaba de la cabina y se iba de inmediato a buscar al herrero, que a las 8, como todo los demás mineros, paraba media hora para almorzar.
Ese día el herrero no estaba en la cantina. Estaba su ayudante, Tomás, un muchacho de la edad de Facundo que había venido a Ojos Negros desde Alfambra para trabajar en la mina Bárbara pero se quedó ayudando en la herrería. Igual que el fogonero era el privilegiado que aspira a ser maquinista, el oficial era el privilegiado que aspira a la herrería. El trabajo era también muy duro, también tenían que caminar siete kilómetros desde el Barrio de los obreros hasta la boca de la mina, iluminados por alguna que otra lamparilla, para empezar el tajo cuando saliera el sol. Pero no pasaban el día entero en la galería, a veces ni siquiera entraban, y eran los muleros los que les llevaban a la fragua las ruedas rotas de las vagonetas o incluso los raíles torcidos. Ambos, Facundo y Tomás, y en parte los muleros y los capataces, tenían el privilegio de ver la luz. Tomás pasaba el día en el yunque, sudando junto al fuego, pero veía la luz. Los otros, los mineros, cargaban seis vagones de mineral cada día, dieciocho toneladas de hierro en el silencio negro de la mina, y estaban a expensas de que los enrunase una chorrera, de que los muleros no anduviesen con cuidado y los vagones les cortasen una pierna o una mano, de que se cayesen los terreros mientras cargaban, o como había sucedido hacía un par de meses, en pleno invierno, cuando estaban los mineros en un hueco y arriba no habían escombrado, y mientras barrenaban se cayó una burra por el terrero, y enrunó a los de abajo. Sacaron dieciséis cuerpos.
En sus viajes a Sagunto, el fogonero había visto más que campos de trigo. Cuando lo eligió el señor Moreno como su segundo, no perdió el tiempo, aprendió a leer y a escribir y conoció a más fogoneros y a más maquinistas en los desembarcaderos del Mediterráneo. Él era, en cierto modo, el mensajero del mundo real. En Ojos Negros solo los jefes recibían el periódico, y nunca se los dieron a leer a los mineros. Ahora, cuando Facundo entraba en la caseta donde los mineros bebían su perra de anís, buscaba al herrero pero también esparcía noticias sobre la gran huelga minera que se había desatado en Inglaterra. Cuando Facundo daba las cifras los mineros abrían la boca y subían los ojos, como tratando de hacerse cargo de cuánta gente era un millón de mineros, un millón de hombres que no iban al tajo y que perdían su salario para conseguir un sueldo de cinco peniques. Los mineros no sabían qué era un penique, cuántas perras de anís había en un solo penique.
Los otros, los privilegiados, Santiago el mulero y Tomás, escuchaban a Facundo con más atención. Ese día no era mucho lo que había que arreglar. Una ñapa en un vagón que se había podrido con el salitre. Estaban sentados en el banco exterior de la caseta, hombres cubiertos de barro que miraban con los ojos muy abiertos mientras masticaban unos trozos de conejo escabechado. Los otros mineros los escuchaban sin mirarlos. Ellos estaban sentados en piedras y en troncos que había esparcidos por la entrada de la mina, llevaban una boina grande y un pañuelo anudado al cuello, de sus camisas blancas sucias salían unas manos rojas que apenas podían doblar los dedos para sujetar los huesecillos. Facundo leía a trancas y barrancas una página de El Mercantil:
−”Siguen cerrándose fábricas y manufacturas un numerosas fundiciones apagan sus hornos. Han sido suprimidos los trenes matutinos que salían de Manchester. La catástrofe se acentúa en proporciones incalculables. Se calcula que diez millones de hombres, mujeres y niños están afectados directamente por la huelga. La prensa conservadora aconseja a los patronos que resistan con energía, diciendo que, si capitulan, todos los obreros ingleses pedirán también el salario mínimo y se abrirá ante el país una larga era de huelgas desastrosas”.
La sirena de las ocho y media interrumpió el trabajoso parlamento de Facundo. Como siempre, tenía la sensación de que nadie le había hecho caso.
Tomás se levantó del poyo antes incluso de que sonase. Facundo lo siguió después, leyendo las últimas líneas.
−¿Qué vagón es?
−El séptimo. Joder, Tomás −decía Facundo, mientras trataba de seguirle el paso entre las piedras de la vía−, no os estoy contando cuentos. El mundo es algo más que esta puta mina.
−¿Y entonces? −le contestó Tomás, sin volverse siquiera−, ¿qué te importa a ti que nos suban el jornal, si no vamos a salir de aquí?
−¿Sabes cuántos menores de dieciocho años trabajan en esta mina?
−Unos cuantos.
−¿Unos cuantos? Ríete tú de los romanos en Riotinto, que hacían las galerías estrechas para que sólo entrasen los zagales. ¡Por lo menos cien muchachos hay ahí escarbando el hierro!
−¿Qué vagón has dicho?
−El séptimo −dijo Facundo, resignándose un día más. Tomás, sus anchas espaldas desnuda, iba delante de él.
−¿Y tú como sabes eso de Riotinto? −dijo Tomás.
−Porque yo sé leer, algo que deberías aprender tú también.
Llegaron al vagón dañado. Tomás sacó una maza que le colgaba de la faja y dobló a mallazos la chapa carcomida por el salitre. Después tomó medidas con un cordel sin decir nada y se volvió hacia la herrería.
−¿Quieres algo de Teruel? −le preguntó Facundo.
−No −le contestó Tomás, sin darse la vuelta siquiera.
El herrero ya tenía preparadas planchas de hierro cuadradas de dos palmos de lado que podían fundirse en diferentes posiciones para suplementar los agujeros desde dentro del vagón. Tomás entró en la fragua. El herrero había vuelto. Era un hombre grueso, de cincuenta años, de grandes mostachos todavía negros y un mandil de cuero que no se quitaba nunca. Tomás cogió las herramientas para componer que había en la repisa de la campana, junto a la cadena del fuelle. El herrero, a quien no llamaba nadie nunca por su nombre, cogió el botijo con huellas negras de los dedos que colgaba de un aro junto a la puerta, echó un trago y volvió a mover el fuelle. El fuego levantaba bocanadas de chispas encendidas.
Tomás ajustó el filo de las dos placas con dos abrazaderas y una cuña y las acercó al hogar sujetas con las tenazas. Desbastaba las rebabas de las placas y pasaba una y otra vez el rodillo para que la figura final fuese una sola superficie. El herrero estiraba de la cadena.
−Nos ha jodido −dijo el herrero−, ni que fuera para una iglesia.
Tomás colocó la tercera placa y sin decir nada volvió al vagón de la locomotora Mastodonte. No necesitó el carburo para restañar las juntas: calzaba perfectamente. Es fogonero sonreía.
−¡Estás hecho un artista, templao! Sí señor. Lo malo es que es un arte que no lo va a ver ni Dios en cuanto le echen la primera carga.
−Dios sí lo ve.
Facundo se asustó un poco. No se esperaba esa salida de Tomás.
−¿A qué hora marcháis? −le preguntó.
−En dos horas como mucho.
−Espérame −dijo Tomás−. Tengo que bajar al pueblo. Me voy con vosotros. Díselo al señor Moreno.
Tomás bajó a buen paso los casi cinco kilómetros que había de distancia entre la mina Bárbara y el poblado de barracones donde dormían los mineros o se jugaban el jornal. Sobre las lomas descarnadas iba cayendo el sol naranja de la tarde que reverberaba sobre las arcillas, como si la tierra entera pudiera fundirse en la fragua. Tomás entró en el barracón donde llevaba dos años durmiendo. Se quitó las perneras de cuero, se lavó en una jofaina que puso en el poyo de la puerta, y se puso un traje negro, estrecho, anticuado, el traje con el que se había casado su padre, la única herencia que le quedaba. Debajo de la cama guardaba un cartapacio con algún retrato, y unas hojas bastas de rayas donde poco a poco, a lo largo de estos dos años de herrero en Ojos Negros, Tomás Yago había aprendido a escribir.
La locomotora Mastodonte bajaba en un atardecer de marzo por la vega seca del Jiloca. Los montes azules de Gúdar jalonaban el paisaje, que poco a poco descendía para juntarse en la estación de Teruel con la vía de la Compañía Central. Tomás ayudó en el fogón a su compañero, que le prestó un mandil. El ruido de la máquina cargada casi no les permitía hablar. De todas formas, Tomás estuvo callado casi todo el tiempo. Sólo una vez, cuando estaban ya entrando en la estación de Teruel, Tomás le preguntó a Facundo algo.
−¿Dónde está la calle Alcañices? −dijo, quitándose el mandil de fogonero.
Facundo le indicó, y también le preguntó por qué lo quería saber.
−Hay una plaza de oficial en los talleres de El Vulcano −dijo Tomás, y se apeó de la locomotora, que había llenado los andenes de vapor. Al decir adiós a Facundo con la mano, le gritó:− ¡Lo he leído en el periódico!
La sombra sorprendida de Facundo se alejó con la locomotora, y al disiparse la nube de vapor Tomás vio a una familia en el andén que casi no podía respirar. El vestido verde brillante de la señora se había tiznado de negro, y el señor trataba de disipar con el bombín la carbonilla. Parecían quejarse al jefe de estación de que aún no habían bajado sus muebles del vagón, pero Tomás no los entendía del todo bien. Hablaban un castellano raro. Tomás no había oído nunca a nadie hablar en catalán.

CAPÍTULO IV

Letra de Antonio Castellote
Dibujo de Juan Carlos Navarro
Montes de piedad

Los hermanos de La Salle llevaban poco tiempo instalados en Teruel. Nada más llegar se hicieron cargo del flamante asilo para huérfanos de San Nicolás de Bari, pero pronto abrieron unas escuelas para los muchachos de la ciudad y aquellos otros huérfanos que apuntaban maneras en los estudios. Todos los alumnos de sus aulas eran la primera promoción del nuevo colegio lasaliano, un caserón en forma de ele al que se entraba por la calle de Francisco Piquer, el que inventó los Montes de Piedad. Al día siguiente de su llegada, Raimon fue acompañado de su padre a inscribirse como alumno de tercero, el curso que había dejado a mitad en las escuelas de Tortosa. Los recibió un curilla jovencísimo, el hermano Jesús, un seminarista seco como un palo y con una sonrisa muy grande que llevaba en el cuello de la sotana un largo babero blanco partido en dos lengüetas paralelas. Por tener los doce años le correspondía ir a la segunda clase, pero el señor Monguió insistió en que ponerlo con los de su edad sería un atraso porque Raimon era un estudiante magnífico que sacaba unas notas extraordinarias, y porque ya se había quedado a mitad de tercero.
La conversación resultó apacible y llena de sonrisas. La del cura era muy grande, y la del señor Monguió muy contagiosa. Su padre se marchó diciendo adiós con el sombrero y el hermano Jesús replegó la sonrisa, y subió delante de Raimon una escalera estrecha con un barandado de hierro, a mano izquierda de la entrada, que comunicaba con las aulas del piso de arriba. Raimon estaba preocupado. Su madre le había obligado a ponerse un traje con pajarita, y aún le escocían las rechiflas que tuvo que soportar en Tortosa el primer día que apareció por la escuela con semejante indumentaria. Afortunadamente, a mitad de pasillo el hermano Jesús abrió un armario y sacó un guardapolvo de rayas que se abotonaba casi hasta el cuello. Mientras el hermano calculaba la talla Raimon se quitó la pajarita. Había empezado a llover. Por las cristaleras de la galería que comunicaba con las aulas se veían los primeros charcos en el patio, los muros de ladrillo de la catedral mojados por las primeras gotas. El hermano Jesús tocó en el picaporte de una puerta negra y ambos pasaron a la clase de tercero.
El profesor, el hermano Serafín, un anciano que sujetaba el libro encima de la barriga mientras paseaba por la clase, estaba dictando a los alumnos, que mojaban sus plumas en los tinteros del pupitre y sacaban por la comisura de los labios la punta de la lengua. El hermano no detuvo el dictado, y con dos gestos de sus ojos de búho indicó un lugar en la primera fila reservado para Raimon. Raimon sintió dos golpes en el hombro de la mano del hermano Jesús, que desapareció con su sonrisa, y se sentó donde le decían.
Raimón sacó del maletín de madera su cuaderno, su plumín y su tintero, guardó el maletín debajo del tablero abatible, cuyas bisagras chirriaron levemente, y se dispuso a copiar.
−Era bínubo y no bígamo el bigardo y begardo Alberto, que se guardó en el bolso la bonificación obtenida en la reventa de las anchovas y del escabeche −dijo el hermano Serafín.
Pero Raimon no estaba todavía en condiciones de respirar a gusto. El hermano Serafín le había indicado con los ojos el extremo más cercano a las ventanas, junto a la mesa del profesor, y su figura menuda y un poco pálida se abrigaba un poco entre las sombras de las nubes.
−El vacabuey es un árbol silvestre cubano que cultiva mi vecino el que vive en el bulevar y toca la marimba −dijo el hermano Serafín.
Raimón terminaba en un momento de copiar su frase, y aún le daba tiempo a mirar discretamente, por debajo del brazo, al resto de sus compañeros. Todos llevaban blusón de rayas, pero no los mismos zapatos. Las dos filas delanteras estaban llenas de zapatos de charol como los suyos, y las dos traseras de alpargatas.
−En el cuadrivio encontré a tu perro cuatralbo, que iba de escurribanda −dijo el hermano Serafín.
No, no había llegado lo peor. Nadie aún le había oído hablar. Su familia se marchó de Teruel cuando no había cumplido aún seis años. Sólo recordaba una imagen bondadosa de la señorita Gregoria, que le enseñó a escribir, y por eso le extrañaba que seis años más tarde siguiesen aún con la ortografía. En estos años su castellano se había vuelto gomoso, lleno de anchas vocales catalanas. Esa misma mañana le había dado los buenos días la doncella y la doncella, Milagritos, que, como todos, era nueva en la casa, no había entendido a Raimon, y la pobre muchacha no salió del apuro hasta que por fin se echó a llorar delante de Guillermina y le pidió que por favor que por favor que es que ella no sabía si el niño le había mandado algo y ella que era una burra no lo había logrado entender. El malentendido se aclaró al momento, pero Raimon se imaginó entonces la que se le venía encima.
−Las bestias sitibundas abrevaban en una balsa rebosante de bazofia −dijo el hermano Serafín.
Los muchachos miraban caer la lluvia, una sombra húmeda entre los cristales de la clase y los de la galería, con la boca abierta y aupándose un poco de sus pupitres, mientras el hermano Serafín llegaba caminando a la estufa de hierro que había en el fondo, se daba la vuelta y regresaba nuevamente hacia su mesa. El hermano Serafín empezó por el extremo opuesto a recoger las hojas y uno a uno, como si al entregar el ejercicio se sintiesen liberados de cualquier consideración, los alumnos miraban a Raimon y se reían.
Al pasar por las filas de atrás, el hermano Serafín dio un sonoro capón a un alumno que había manchado la hoja con el tintero. Toda la clase se volvió, y Raimon vio impresionado como aquel muchacho rubio de pelo cortado a cepillo y cara de pueblo se rascaba la cabeza para mitigar la escocedura, pero no movía un solo músculo de la cara, ni una sola muestra de dolor. El sonido del capón había recrudecido el silencio. Todos se sentaron firmes en sus sitios, con los brazos cruzados, a la espera de que otra gota de tinta hubiera caído en algún otro papel.
El último papel que recogió fue el de Raimon. El hermano Serafín abrió mucho los ojos cuando estaba mirando el ejercicio, y después esbozó una sonrisa buena, una sonrisota de labios grandes y papadas agradecidas.
−¿Cómo te llamas?
−Ramón.
−¿Ramón o Raimon? −dijo el hermano Serafín, que también tenía un leve deje levantino.
Ramón se arrepintió de haber alargado un poco más la incertidumbre.
−Raimon −dijo, y no puso el menor empeño en disfrazar su acento natural.
−Pues muy bien, Raimon −dijo el hermano Serafín−. Lo primero que tienes que saber es que esto no es un dictado sino una clase de caligrafía redondilla, no de letra inglesa corriente y moliente. ¿Sabes escribir con redondilla?
−No.
−No te preocupes. Ninguno hemos nacido enseñados. El mejor maestro echa un borrón, ¿eh, Maícas?
Maícas era el muchacho que había soportado el capón sin gestos de dolor. Como si su cuerpo controlara el tiempo, el hermano Serafín posó el libro cerrado sobre su barriga y esperó unos segundos a que se oyeran repicar las campanas de la catedral. A Raimon lo asustaron, y los otros se rieron de su sorpresa. Sonaban como si las tuviera encima, los cristales mojados de la galería vibraban con los tañidos:
−El ángel del Señor anunció a María −dijo el hermano Serafín.
−Que concibió por obra y gracia del espíritu santo −contestaron los muchachos.
Todos rezaban de pie, y cuando terminó el Ángelus aguardaron una palmada del hermano Serafín para salir ordenadamente al patio.
−Parece que ha dejado de llover −dijo el hermano−. Asensio, coge la pelota. Sangüesa, ve a pedirle al hermano Francisco la llave de la sala de abajo. Los que no llevéis zapatos iros a jugar a las damas, que las alpargatas luego no se pueden limpiar de barro. Andando.
Raimon aguardó a que saliesen los últimos. No quería bajar al patio. Cambiar de colegio con cierta frecuencia le había enseñado a Raimon a oler el peligro. Ese Asensio, por ejemplo, un muchachote de mandíbula cuadrada y el desparpajo de quien manda en todo el mundo, era de los que suelen esperar el primer juego de pelota para dejar caer un puñetazo en las narices del novato. La corte de zapatones que iba detrás de él no le inspiraba mucha más confianza, así que le preguntó al último de todos, a Maícas.
−¿Por dónde se va a la sala de juegos?
Maícas le miró los zapatos, se dio media vuelta y se fue, mucho más deprisa de lo que podía seguirle Raimon por aquel laberinto de corredores. Raimon esquivó la puera del patio, siguió hasta el final de la galería, bajó por una escalera todavía más estrecha que la que había subido y entró por una puerta. Media docena de hermanos oraban de rodillas, desperdigados en la penumbra de la capilla. Raimon volvió a la otra ala del edificio. Un hermano que no conocía de nada le salió al paso.
−¿Qué hace usted por aquí? −le preguntó, con tono inquisitivo, casi cantarín, en ningún modo amenazante. A Raimon todos los curas le parecían muy viejos, pero este además era muy ágil, además de muy alto, y caminaba dando grandes zancadas por el pasillo con un pedrusco entre las manos.
−Haga el favor de coger ese saco que dejé en la entrada, y sígame.
Raimon le ayudó a dejarlo todo en un armario, nada más entrar a las dependencias de la comunidad, de la que después Raimón sólo recordaría las losas verde oscuro y la penumbra de los crucifijos. El armario estaba lleno de piedras. Eran fósiles, y a Raimon le subió por la garganta el incontenible deseo de lucirse.
−Ammonites −dijo el chaval.
−Sí señor −dijo el hermano Alfonso, mientras se subía gafas redondas de concha con el antebrazo−. ¿Te gustan los fósiles?
−Sí.
−Eso está bien −dijo el hermano Alfonso, mientras cerraba el armario−. La semana que viene organizaremos una excursión a la Muela. A ver cuántos eres capaz de encontrar −le dijo, y le preguntó por qué no estaba en el patio.
−No sé dónde está la sala de juegos.
−¿También te gustan las damas? −dijo el hermano Alfonso, torciendo de nuevo a la derecha.
−Me gusta más el ajedrez.
−¿Lo dices en serio? Aquí hay algunos chicos que juegan muy bien.
Llegaron a una puerta de cristales y al abrirla Raimon vio dos hileras de mesas con alumnos que jugaban a las damas. Era un salón de techos muy altos. Por las ventanas grandes, llenas de chorretones, entraba la luz grisazul de los días nublados. El hermano atravesó las filas de jugadores, que no movieron la mirada del tablero, y llegó a la penúltima mesa, donde Isidoro Maícas estaba jugando al ajedrez con Luisín Moragriega.
-Tú, levántate −le dijo el hermano Alfonso a Moragriega, un muchacho de Valderrobres, rubio, con los ojos claros y la cara chupada en torno a la boca pequeña. Luego se dirigió a Raimon.
−Venga, siéntate, a ver si le ganas a Maícas −dijo, y empezó a colocar los trebejos en la posición inicial.
La mirada de Maícas cuando Raimon se sentó y puso los ojos a su altura fue de una inexpresividad hiriente, la mínima expresión permitida del insulto y del desprecio.
−A ver si puedes con él −dijo el hermano Alfonso−, que este es duro de pelar. Venga. Luego me contáis −dijo, y volvió a abandonar la sala. En la puerta se cruzó con el hermano Crescencio, que vigilaba la sala leyendo un tomo de Jaime Balmes.
Le tocaba mover a Raimon, que llevaba las blancas. Moragriega se había quedado de pie, y algunos otros muchachos levantaron las cabezas para mirarlos. Reinaba un silencio absoluto, pespunteado por las toses de un muchacho enclenque y los ruidos de los culos de esparto de las sillas, que sonaban como si estuvieran pensando. Raimon, en vez de uno cualquiera de los movimientos permitidos, empezó a poner las piezas en la posición que mantenían en el momento en que llegaron él y el hermano Alfonso para interrumpirles la partida. En pocos segundos había reconstruido la situación, y después, en su gomoso castellano, invitó a Moragriega a seguir su partida con Maícas. El hermano Crescencio levantó un poco los ojos de los lentes, como si se hubiera oído algún murmullo, pero los volvió a bajar.
Al cavall es manja l’alfil −susurró Luisín Moragriega.

CAPÍTULO V

Letra de Antonio Castellote
Dibujo de Juan Carlos Navarro

Wagner a cuatro manos

Los gorgoritos de Pilarín Sangüesa se escuchaban por toda la plaza del Venerable Francés de Aranda; entraban por los ventanales neogóticos del Sagrado Corazón de Jesús, donde las niñas aprendían a bordar, y se colaban por el claustro del Palacio Episcopal hasta el despacho mismo del señor Obispo.
-¿Betrügt Isolden / betrügt sie Tristan / um dieses einzige, / ewig kurze / letzte Weltenglück?
[1]
Pilarín Sangüesa cantaba con una mano apoyada en el piano y con la otra iba hilvanando notas en el aire. Su hermana, Sagrario Sangüesa, con lentes de pinza en la punta de la nariz, interpretaba el bellísimo canto de muerte que cierra la ópera. Estaba empezando abril y ya podían abrirse las ventanas. Los pájaros que solían piar por las mañanas desde la estatua del Venerable se desgañitaban con aquellos gritos desaforados de Pilarín y con la potencia alemana que imprimía Sagrario Sangüesa cuando se trataba de interpretar a Richard Wagner con sus dedos gordezuelos.
A las doce en punto detuvieron el ensayo, rezaron el Ángelus y Sagrario Sangüesa cerró de un golpe la tapa del piano. No tenían tiempo que perder. ¡Siempre que llegaban estas fechas iban con las mismas prisas! La Semana Santa ya estaba encima, más que encima, y aún había que terminar los preparativos para la velada musical del Círculo Tradicionalista. Los jaimistas querían adelantarse a la gran velada de recaudación a beneficio de las víctimas del Riff que estaban preparando en el Círculo Radical.
−Nos hace falta otro piano, Pilarín −dijo Sagrario Sangüesa, que se ocupaba de la intendencia. Se quitó los lentes, que cayeron sobre los frunces del vestido, colgados de una cinta negra−. Ayer me soplaron que los radicales van a tocar L’Africana con un piano y un armonio, además del violín. Nosotras vamos a tocar a Wagner a cuatro manos.
−¿Y el otro piano, Sagrario? ¿Quién va a tocar el otro piano?
−El otro piano voy a ofrecérselo al señor Monguió.
−¿El señor Monguió? ¡Eso es maravilloso, Sagrario! ¡Qué idea tan buena has tenido, Sagrario! ¡Pero yo no sabía que el señor Monguió simpatizara con los jaimistas, ni que supiera tocar el piano!
−No hables tan alto, Pilarín −dijo Sagrario Sangüesa−, que están las ventanas abiertas.
−¡Como tú quieras, Sagrario! −contestó Pilarín.
−Tenemos que ira a probar el piano del Café Suizo. Me ha dicho Manolo que nos lo pueden prestar para esa noche.
Pero antes había muchas otras cosas de las que ocuparse. Para las hermanas Sangüesa, la llegada de la primavera significaba un sinfín de preparativos urgentes, un rebrotar del espíritu ritual y levantisco que había que atender sin perder de vista un solo fuego alrededor. Las misas se hacían más largas y las novenas se multiplicaban. Había que tenerlo todo listo en la Cofradía del Santo Sepulcro, y llevar los hábitos morados a las monjas de clausura, a que almidonasen los capirotes y las mantillas que las hermanas Sangüesa se colgaban de la peineta, junto a las autoridades civiles y eclesiásticas, al final de las procesiones, como madrinas de una de las más antiguas cofradías.
Y en medio de semejante tráfago de faenas sagradas, el Círculo Radical estaba contraatacando claramente con unas reuniones en el Café Moderno de las que Teruel entero llevaba meses haciéndose lenguas. Allí se leían poemas modernistas de tono más que subido. El sábado anterior, a las tantas de la mañana, según le había contado don Victoriano Redondo (que también iba a interpretar una serenata del Faust en la velada), alguien, y no hubo manera de arrancarle a don Victoriano de qué alguien se trataba, alguien leyó unos versos subidísimos de tono, verdaderas cochinadas que ahora mismo está escribiendo Juan Ramón Jiménez, un poeta muy prometedor, pero hasta la fecha muy limpio y muy sereno. ¡Señores cultos y respetables que han leído lo que hay que leer se tapaban los oídos para no escuchar las marranadas de Juan Ramón! La cosa, en fin, y sin que Sagrario Sangüesa lograra sacarle más a don Victoriano, es que la velada terminó con un espectáculo infame en el que… −don Victoriano había bajado la voz y acercado sus labios al oído de Sagrario Sangüesa− ¡…casi podría decirse que profanaban símbolos sagrados!
Sagrario Sangüesa estaba segura de que tampoco habría sido para tanto, y de que la imaginación de don Victoriano era temible, pero también sabía, sobre todo, que en el Café Moderno había últimamente más cultura que en el Café Suizo, que es donde se reunían los jaimistas. Y a la gente, por lo que se comentaba en el periódico y en el paseo de la carretera a Zaragoza, ahora que estaban saliendo estas tardes tan agradables, a la gente eso le gustaba. Sagrario Sangüesa se confesaba regeneracionista católica, naturalista piadosa, y ese arte que consistía en no sentir, en despojar a los objetos de ese sentimiento cristiano con que estaban acostumbradas a mirarlos, eso no podía traer nada bueno. Cada vez que recibía una nueva revista literaria, Sagrario Sangüesa se daba cuenta de que el modernismo era una hemorragia espiritual. Les habían contentado con la idea de que Gaudí, aquel viejo estrafalario catalán, era sin embargo un gran cristiano, pero luego esas casas, por el amor de Dios, aquellos despilfarros de una estética borracha, esa relatividad moral de usar cada azulejo de su padre y de su madre y romperlo todo luego a martillazos, todo eso, aquella peste de la bohemia que Sagrario ya creía periclitada, estaba calando aun en las poblaciones más protegidas de las modas parisinas.
Con más misas y más novenas estaba claro que no arreglarían nada, así que las hermanas Sangüesa procedieron a ocupar puntos calientes del mundo moderno. Sagrario Sangüesa fundó el Club Wagneriano de Teruel, donde una vez a la semana, y muy a su pesar, se leían los párrafos menos escandalosos de Friedrich Nietzsche. Pilarín Sangüesa, por su parte, fue madrina del Club Velocipédico Turolense, y el día de la carrera no sólo cortaría la cinta sino que daría un paseo en bicicleta entre los corredores con bombachos y jerséis de cuello alto que fuesen a participar en la competición, que la sujetarían para que no se cayese de la bicicleta. Estas concesiones a la modernidad, en otro tiempo inaceptables, eran necesarias para no quedarse como dos viejas beatas que claman en un desierto de curas.
−¿Vamos a ir ahora al Café Suizo, Sagrario, a probar la voz?
−No. Nos vamos al asilo.
Sagrario Sangüesa sí sabía quién era Pau Monguió. Seis años atrás, cuando el señor Monguió fue, vamos a decir, desterrado de la ciudad, ella era muy joven todavía para participar en la polémica. Pero lo habría hecho con gusto, porque aquel individuo se pensaba que hasta un depósito de cadáveres es un buen sitio para practicar la poesía visual y la sensibilidad arquitectónica. Las escuelas del Arrabal tenían algo de soberbias, lucían más que las iglesias, eran una rebelión de proporciones que a la entonces joven Sagrario todavía no la perturbaba lo suficiente. Pero ahora, seis años después, ella una señora ya de treinta años, comprometida con la cultura de su ciudad, este señor Monguió volvía para quedarse, y de poco le habría valido declararse su enemiga desde el primer día.
A su esposa, Guillermina, ya casi la tenían en el bote. Pilarín Sangüesa les bajó una fuente con rosquillas bendecidas por San Blas y les ofreció con su dulzura estrepitosa todo aquello que necesitasen al llegar a la ciudad. Fueron las Sangüesas las primeras en dar por zanjado el triste asunto del hundimiento, las primeras que invitaron a Guillermina a que las acompañase a los ejercicios del Septenario a la Virgen de los Dolores, para que, nada más llegar a la ciudad, no se sintiera tan sola, y ya habían quedado que el domingo pasearían juntas por la carretera de Zaragoza y la misma Pilarín le presentaría a todas las mujeres de su clase y de su edad.
Las hermanas Sangüesa sólo pisaban calles adoquinadas. Pilarín era muy delgada y sus largos vestidos de blonda muy abotonados hasta las puntillas de la garganta le daban un aire de sílfide con alferecías. Sagrario era más corpulenta, pero también un poco más pequeña que su hermana, y a ella los vestidos tan ajustados con frunces en el canesú no le sentaban tan bien. Por eso iba siempre con un mantón de Manila.
Teruel se terminaba por aquel entonces en el paseo de la Glorieta. Más allá la ciudad se asomaba a la rambla de San Julián, una depresión arcillosa de cien metros de ancha y cuarenta de profunda, al otro lado de la cual se extendían los campos yermos en el camino hacia Valencia. En la ribera de aquella rambla se apiñaban las casas junto a la ermita de San Antón. Había que bajar una cuesta de piedras muy empinada para llegar al barrio, la llamaban la Cuesta de la Mona, por lo torcida que estaba. Las hermanas Sangüesa, calzadas con botines de tafilete, se agarraban del brazo para no caerse y evitaban el borde inseguro, lleno de yerbajos y de desperdicios, donde un mal paso había hecho caer a más de un burro barranco abajo. A mitad del caminacho encontraron un racimo de ancianos harapientos que habían ido a ver cómo iban las obras, a ver cuándo les abrían su nueva casa.
Las obras del asilo nuevo estaban a punto de terminar. Albañiles con pañuelos en la cabeza desataban los nudos de los andamios, todo alrededor del edificio estaba blanco del trajín de los yeseros. Las hermanas Sangüesa se sujetaron los faldones para no manchárselos con el polvillo que había desparramado entre las palas y las carretillas. Un encargado de grandes bigotes y chapela vasca se acerdó hasta ellas. Sagrario le informó con firmeza wagneriana que querían ver al señor Monguió, y el capataz sacó un palillo del chaleco, se lo metió debajo de los bigotes y con la otra mano se rascó la cabeza por debajo de la visera.
−Ahora mismo, ahora mismo. Espérense ustedes, no se vayan a manchar.
Pau Monguió se había limitado a restaurar y ampliar el antiguo asilo, que estaba hecho una ruina, pero discretamente había introducido novedosos elementos decorativos. Todo era de piedra basta, pero había pináculos a ocho aguas, y hastiales recamados de ladrillo, y mensulillas y jambas en forma de greca. Detalles de dignidad estética, de modernidad sencilla, como los que había ya intentado en Tarragona, en el convento de las Carmelitas. A Sagrario Sangüesa le pareció que los hastiales y las mensulillas le quitaban seriedad al conjunto, le daban un aire de cuento. En los corrales donde antes sólo había desperdicios Monguió dispuso unas amplias cristaleras que daban a las huertas, para que a los ancianos les diera el sol sin necesidad de sacarlos a la intemperie. Era un edificio digno y recogido, plantado en curva, cuesta abajo, a orillas de la rambla, al cabo de la vida.
El señor Monguió salió sacudiéndose las mangas de la chaqueta. Guardó el equilibrio en un tablón que se movía, y eso le sirvió para ensayar un divertido volatín que hizo reír a Pilarín Sangüesa. ¡Qué hombre tan gracioso es el señor Monguió!, diría desde entonces a todas sus amistades.
−¡Bueno, bueno, bueno, señor Monguió! ¡Esto está ya más que terminado! −dijo Sagrario Sangüesa.
−Nos falta la decoración interior, pero puede decirse que ya está. ¿Le gusta?
−Cómo no me había de gustar, señor Monguió…
−¡A mí me gusta muchísimo! −dijo Pilarín.
−Es usted un artista, señor Monguió. Y me han dicho que no sólo del ladrillo.
−¡No lo dirán por mis habilidades circenses! −dijo Monguió, señalando el tablón con sus ojos vivarachos.
−¡No no no no no no no! −dijo Sagrario Sangüesa−. Lo decimos porque nos han dicho que interpreta usted a Wagner al piano como los mismísimos ángeles .
−¡Porque sería una indiscreción preguntar de dónde han sacado semejante disparate, por que si no se lo preguntaba!
−No se queje, señor Monguió −dijo Sagrario−, no se queje. No todo el mundo tiene una esposa que hable tan bien de su marido.
−¿Conocen ustedes a Guillermina?
−¡Qué buena chica es Guillermina!
−Sí −dijo Sagrario.
Hubo un silencio. El señor Monguió las miró muy sonriente por debajo de los bigotes engomados. Sagrario sacó rendimiento a sus zalemas con Guillermina.
−Estamos intentando convencer a su señora de que se incorpore con nosotras al coro de la Colegiata, pero ella es muy sencilla y dice que no y que no, así que nada, señor Monguió. Mi hermana y yo hemos decidido que usted nos ayude. ¿Conoce el final del Tristán e Isolda?
−Pues…, en este momento…
−¡Tiene que venir a ensayar al café Suizo, señor Monguió! −dijo Pilarín.
−Bueno, bueno, señoras. ¡Primero acabaremos el asilo!
−Ha dicho que sólo falta la decoración…
−Sí. A la entrada hay un arco desnudo, hay una pared que necesitaría un cuadro.
−Pues no se preocupe más por la decoración −dijo Sagrario Sangüesa−, espantando el problema con una mano. Eso corre de mi cuenta.
Las dos mujeres se despidieron quitándose la palabra y emprendieron otra vez la subida de la cuesta. El señor Monguió y el capataz bigotudo las veían caminar entre las piedras. Cuando pasaron al lado de los mendigos, Pilarín Sangüesa se sacó una perra del bolsito, mientras Sagrario hablaba con los ancianos.
−¿Tú sabes estas quiénes son? −dijo pablo Monguió.
−Sí −dijo el capataz−. Son las hijas del contratista.


[1] ¿Traiciona a Isolda, la traiciona Tristán de esta única, breve y eterna, extrema felicidad del mundo?

CAPÍTULO VI

Letra de Antonio Castellote
Dibujo de Juan Carlos Navarro

Una comida ligera`

−¿Sirvo ya la comida, señora marquesa?
−Espérate un poco, Rosalía, a ver si le da la gana de levantarse a mi hijo. Yo te llamaré.La criada se giró sobre sí misma y abandonó muy tiesa el gabinete. La marquesa quedó en su sillón leyendo un tomo de la condesa de Pardo Bazán que Fermín le había subido de la biblioteca. Por las persianas echadas entraban filos de luz, que se posaban sobre los tapetes de ganchillo y le daban a la estancia un aire de sosiego anaranjado. Los grandes cuadros familiares se distinguían mal en la penumbra. El inconfundible toque del marquesito, una copita de ojén, sonó el las altas puertas de doble hoja.
−Pasa, Leopoldo, pasa. Qué pronto te levantas hoy…
El marqués iba vestido con un batín chino y un pañuelo de color burdeos con puntos amarillos. Llevaba todavía puestos los botines blancos de piqué.
−¿Pronto? ¡Ya lo creo que pronto! ¡A las once de la mañana estaba yo con unos ojos como platos! ¡Qué barbaridad! ¡Qué berridos pega la Sangüesita! ¡Y la otra! ¡Toca el piano a puñetazos!, ¡me dolía sólo de escucharlo, como si me los estuviera pegando a mí! ¡Pobre Isolda!
La marquesa levantó los ojos por encima de los lentes. Leopoldo se acercó al velador de los licores donde la marquesa tenía dispuesta su jarra de limonada y su botella de sifón. En una caja de las que llaman de Tántalo reposaban los decantadores. El marquesito abrió la caja y sacó una botella de brandy.
−¿A ver? Tienes mala cara −dijo la marquesa.
−¡No me extraña! ¿No hay vermú? Llevo la cabeza como un bombo. Esto de la sensibilidad musical debe de ser también genético. ¡Mira que llevan años dándonos la tabarra! En invierno aun se soporta, pero es que ahora…
−¿Sales o entras, Leopoldo?
−Entro. Tengo un poco de apetito. Voy a decirle a Rosalía que ponga la mesa.El marqués estiró un cordón rematado con borlas doradas que había colgando junto al sillón de orejas. Se sirvió un vaso ancho de brandy con sifón, le dio un sorbo diminuto y golpeó distraído el grueso fondo del vaso con el sello familiar.
−¿Qué lees?
−La cuestión palpitante.
−¿Otro folletín de amor?
−Aproximadamente.−La encuadernación es un poco severa. Parece un misal.
La marquesa había depositado la mirada en el velador, en ese no mirar de quien mira para dentro, o recuerda. Los hilos de luz caían dulcemente al suelo. El encaje de los visillos dibujaba formas alargadas sobre las alfombras.
−Dios mío. Veinticinco años −dijo la marquesa.
Rosalía tocó con los nudillos en la puerta y abrió tras un segundo de silencio.
−¿Te da igual si comemos aquí, Leopoldo? No me apetece ahora caminar hasta el salón, yo voy a comer muy poco −dijo la marquesa.
−Como quieras. A mí, Rosalía, con que me subas un tomate y un beefsteak ya tengo bastante.
−Usted perdone, señorito, los tablajeros no han traído esta mañana terneras. En la carnicería de Pumareta sólo había carne de oveja.
−Bueno, un poco de cordero pascual. ¡Pero qué digo! ¡Pero si es viernes! ¡Mamá, cómo no me has avisado de que hoy es viernes!
−No me había dado cuenta, hijo mío.
−Pues entonces nada, Rosalía, prepárame una ensalada y algo de fruta que tengas por ahí. ¿Han salido ya los higos? Pregúntale a Fermín si han salido los higos. Me apetece un higo.
−Sí, señorito.
La doncella salió del gabinete y cerró la puerta con cuidado. El marqués estiraba el cuello para ver la calle por los intersticios de las celosías. Tardó poco en dejarlo por imposible.
−Estoy agotado. He ido a ver al obispo. ¡Con qué lentitud habla ese hombre, por Dios! ¡Como si dijese algo! Su despacho da al balcón de las Sangüesitas, ha sido un horror. ¡Pero si ya casi estamos en Semana Santa! ¿Cómo no les prohibirán que organicen semejante escandalera? El Papa dictó la semana pasada un motu proprio prohibiendo cualquier música que no sea canto gregoriano.
−¿Y eso afecta también a los cafés, hijo mío?
−Espero que no, pero estas avutardas por lo menos me dejarán dormir.
−¿Qué te ha dicho el obispo?
Las hojas de la puerta volvieron a abrirse. Rosalía entró con un mantel blanco de hilo en las manos. Detrás iba Fermín, el viejo mayordomo, con la bandeja de motivos orientales. La doncella desalojó la mesa, y colocó las tallas del ajedrez, las blancas de haya y las negras de ébano, en un aparador antiguo. Alisó el tapete, que estaba bordado con margaritas, y Fermín depositó el servicio. Rosalía sacó del aparador unas copas de cristal de bohemia y unos cubiertos de plata. La marquesa dejó el libro en el velador, junto a la jarra de limonada, y cogió la mano que su hijo le ofrecía para incorporarse. La marquesa se estaba dejando mucho últimamente. Había engordado bastante, ya no estaba tan ágil de movimientos.
−Ese hombre me hace pasar mal rato −dijo Leopoldo, desplegando la servilleta recién planchada−. Cualquier otra persona de este mundo que me dijera semejantes tonterías se ganaría una andanada que lo dejaba tieso. Pero es que lo piensas y claro, es el obispo. ¡Pero vaya obispo! En un momento de la conversación yo iba a decirle que cerrásemos la ventana, pero le he visto los zapatones, que se le veían los moldes de los callos, y digo quita allá, quita allá, prefiero a las Sangüesitas.
−¿Le ha gustado el asilo?
−Me llevaría un disgusto si le gustase, pero él dice que sí. A caballo regalado…
−No lo hago por el obispo, Leopodo.
−Bueno, los ancianitos desamparados también estarán contentos. Pero ahora toca la catedral.
−¿Qué le pasa a la catedral, si se puede saber? ¡No querrás pintar alguna cosa rara en el artesonado, Leopoldo!
−La puerta −dijo Leopoldo, y masticó con sumo cuidado una rodaja de tomate, que estaba frío de las fresqueras.
−¿Qué le pasa a la puerta?
−Que es una birria. Pero este obispo es terco como una mula. Mira que le he nombrado veces a monseñor Comes, a ver si se picaba un poco, pero nada. Y ya al final se lo he dicho claramente, mamá: ¡pues no todos los obispos han pensado y piensan que el arte no es digno de Dios!, le he soltado a la cara. ¡Mañana mismo saco un papel en el periódico glosando la figura de don Juan Comes y Vidal, el único obispo que se ha preocupado un poco por la belleza en esta dichosa ciudad!
−Tampoco hace falta que te excedas. Te hará caso porque eres el marqués, no porque lo insultes. Ándate con ojo, Leopoldo.
−¿Eso quiere decir que aceptas, mamá?
−Si sólo es una puerta… ¿Y también se la vas a encargar a ese tal Monguió?
−Se la encargará el cabildo, no yo. Hay que guardar las formas.
La marquesa no había comido nada. Era muy raro que hubiese perdido el apetito, pero así, en la penumbra, recta sobre un sillón castellano, parecía más triste que otros días. La imaginación del marqués había empezado a volar ya con la portada nueva de la catedral, pero conocía lo suficiente a su madre como para no saber que el exceso de entusiasmo la desagradaba más que ninguna otra cosa, casi tanto como que le preguntasen si estaba triste.
−Ya lo tengo medio hablado con Monguió. Hay que confiar en ese hombre, mamá. Su mujer te encantaría. La conocí la semana pasada, cuando su marido me enseñó las obras del asilo. Es la mar de simpática y no nombra a la Virgen del Pilar cada tres palabras. Además es una gran lectora. Me estuvo contando, cuando su marido se fue a darle órdenes al capataz, que desde que han llegado a Teruel no sale de casa. Dice que le han venido a visitar algunas señoras pero que prefiere quedarse a leer en su casa. Los han alojado en la calle de San Francisco, al lado del convento. Dice que desde su casa se ve la estación del tren. Pobre. Deberíamos invitarla antes de que la evangelicen las Sangüesitas. Aquí ya sabes: los primeros días de un forastero son los más importantes de todos. Eliges a las amistades equivocadas y ya la has fastidiado para toda la vida.
−¿Desde cuando te gustan tanto las mujeres de los albañiles, querido?
−Mamá, si me quedo aquí me tendré que divertir. Ya he quedado con el señor Monguió en que el domingo pasearemos juntos por la carretera, y hablaremos de la catedral.
Rosalía se acercó a la mesa con un bol lleno de higos.
−¿No te apetece un higo, mamá?
La marquesa cogió un higo.
−Rosalía, dile a Fermín que esta tarde nos vamos al huerto -dijo el marquesito.
−¿No te vas a echar la siesta? -le preguntó su madre.
−No. Si me acuesto me levanto aturdido, y esta tarde voy a ver al de la Sota.
−¿Otra vez quiere venderte acciones de la mina? −dijo la marquesa, sorbiendo las pepitas del higo.
−Me las quiere comprar. Ojos Negros funciona de maravilla. Con esas minas vamos a pagar la puerta de la catedral y lo que sea menester.
−Te encuentro la mar de activo, Leopoldo. Ya era hora.
−Es verdad. De pronto me han entrado unas prisas un poco raras, mamá, en eso tienes toda la razón. Será la edad. Ya tengo treinta años. Esto se termina rápido.
−Gracias, hijo mío, por la parte que me corresponde.
El marqués se limpió los labios con el pico de la servilleta y la dejó caer sobre los restos del plato. De pronto era consciente de que su madre estaba más triste de lo que parecía. Estaba triste y torpe y leía a doña Emilia Pardo Bazán. Si no fuese su madre habría dejado caer algunas bromas al respecto, así que intentó animarla contándole algún chisme.
−Está Teruel manga por hombro. El intrépido Gómez, que encima es concejal, ha cerrado su porche de la plaza del Mercado, así porque sí. Están intentando reunir el consistorio para que deje el paso libre pero no hay manera. El único que asiste siempre es el propio Gómez. No se habla de otra cosa, pero no se reúnen para multarlo. Claro que él mismo se podría quitar la multa. Luego han empezado a descolgar los toldos de los balcones y cada día están más sucios y descosidos. Es una vergüenza. Debería estar regulado por ley de qué colores tienen que ser los toldos. Daña la vista salir a la calle.
−No sé −dijo la marquesa−, hace días que no salgo.
El marqués, recostado en el sillón castellano, había encendido un cigarrillo egipcio y tenía las piernas cruzadas. Pero el tono de su madre había bajado tanto que de pronto le dio un vuelco el corazón, y se levantó y se arrodilló junto a ella, y la cogió de las manos. El humo del cigarrillo quedó esquivando en lentos arabescos los filos de luz que atravesaban las persianas.
−¡Mamá, qué te pasa!
−Espera que deje el higo. Te vas a manchar.
−¡Estás muy rara, mamá!
−Hoy es día de recuerdos.
−¿Te acuerdas de papá?
−No. Me acuerdo de Emilia Pardo Bazán.
−Pero mamá, pero si es como la Sangüesa.
−No digas tonterías. Es una gran escritora. Y te diré más: en su tiempo fuimos buenas amigas. Más de una vez coincidimos en el Ateneo de Madrid, cuando este libro no era más que papeles para una idea. ¡Era emocionante subir aquellas escaleras junto a una mujer tan decidida! ¡Yo estaba tan convencida, tan entregada! ¡Me gustaba tanto la literatura naturalista! Pero no. Tu padre tenía un palacio que ofrecerme…
La marquesa estaba pálida. Su hijo la miraba con ojos de asombro. Tras su egregio peinado de dama antigua se veía un búcaro azul. Ella quiso quitarle dramatismo a la situación, por un momento sintió que sus ojos estaban a pique de humedecerse.
−¡Y encima me sale un hijo modernista! −dijo, sonriendo, con un leve temblor en los labios, y apartó las manos blancas de su hijo, y alargó la suya con delicadeza, y cogió del bol otro higo.

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CAPÍTULO VII

Letra de Antonio Castellote
Dibujo de Juan Carlos Navarro

No te fíes de los zapatos

Los tres muchachos regresaban al atardecer por el camino del Carburo. A veces uno salía del grupo y se agachaba a recoger algo del ribazo, y entonces se les veía juntarse a los tres y mirar lo que había encontrado el compañero. Caminaban junto al río, entre verdes maizales y chopos cabeceros. En el centro iba siempre el más espigado, Isidoro, que era también el que se subía con facilidad a las nogueras, el que iba mirando el suelo como si en cualquier lugar pudiese haber algo valioso. Él era el que levantaba las piedras sin miedo y el que metía la mano en las huras de los conejos, el que se descalzaba y se metía en las aguas frías del Guadalaviar y se quedaba quieto hasta que se le acercaban las truchas a barbearle las canillas muy blancas. Ya eran las siete, el sol teñía de naranja los sembrados. Entre los pájaros que chillaban en la sombra densa de las nogueras se juntaban con gritos y trallazos del labrador, hombres de pañuelo en la cabeza que sujetaban con fuerza el aladro mientras arreaba a la mula. Era el olor de la tierra recién partida, de los brotes de cebada y del agua entre las sombras de los chopos. Casi habían llegado al chorrillo cuando a sus espaldas escucharon un ronco bocinazo. Los muchachos se apartaron como si viniera un monstruo. Un automóvil verde de faros gigantescos se acercaba dando botes con sus enormes ruedas de goma. Una nube de polvo ñps cubrió a los tres, que apenas vieron una gabardina blanca y un hombre con gafas de aviador que les decía adiós con la mano. El automóvil se alejó. Raimón sólo distinguía la caja de herramientas en la trasera de la capota y los grandes guardabarros negros que temblaban con los baches del camino.
−¿Quién es? Os ha dicho adiós.
Los otros dos muchachos tosían y se sacudían el polvo de las perneras. En el aire quedó un tufo de petróleo que se mezcló con el de las boñigas de las mulas. El primero que dijo algo fue Luisín.
−Es un Ford Torpedo −dijo−. Vale seis mil quinientas pesetas. Me lo dijo Arturito Ferrán.
−Bueno −dijo Isidoro−. Mañana vendemos un eslizón y nos compramos uno.
−¿Tú has visto algo como eso en Tarragona, Raimón? Tu padre es rico. Tu padre tiene seis mil quinientas pesetas, a que sí −dijo Luisín.
−No lo sé. A mí no me gustan los autos −dijo Raimón.
−Pues este tiene 20 hachepé.
−¿Y qué es eso de hachepé? −dijo Isidoro.
−No lo sé −dijo Luisín.
−Es la potencia −dijo Raimón.
−¿La fuerza? −dijo Isidoro−. ¿Tú cuántos hachepés tienes, Luis?
−Pues no sé. Uno o dos −dijo Luisín−.
−Pues mira −dijo Isidoro−, cuanto tengas seis mil quinientos hachepés te comprarás ese auto.
Cruzaron el puente de hierro, y allí se separaron. Las mujeres aún estaban descolgando las sábanas de los cordeles, que habían estado todo el día secándose junto al canal. Raimón subió por la calle de San Francisco y los otros dos muchachos se fueron por la cuesta del Molino. Raimón era consciente de que no le habían contestado a su pregunta, pero aun así estaba convencido de que aquel había sido uno de los días más felices de su vida.
Los otros dos muchachos todavía se entretuvieron trepando por las trochas, inspeccionando los matojos, agachándose a husmear cada agujero. Al llegar arriba se sentaron a mirar la cárcel. Era un antiguo convento capuchino de ventanas pequeñas enrejadas de las que alguna vez salía un brazo, una mano, algún rostro que gritaba entre los hierros.
−¿Por qué no le has dicho nada? −dijo Lusín.
−¿Pero tú qué quieres, ir diciendo todo a todo el mundo? ¿A quién le importa para qué queremos los lagartos? −le contestó Isidoro, sin apartar la mirada de los barrotes. Isidoro miraba siempre sin pestañear, con la cabeza baja, acarciándose con la yema del dedo una cicatriz que llevaba en la barbilla.
−¿Y lo del tambor?
−¡Lo del tambor aún menos!
−Raimón es buen chico −dijo Luisín.
−A ti te gusta porque así hablas con él en catalán. Pero lleva zapatos. Será todo lo buen chico que tú digas, pero lleva zapatos.
−¿Y eso qué más da? No quiso ir a jugar con Ferrán ni con Manolo Sangüesa. A ti lo que te pasa es que te fastidia que por su culpa te ganase yo la partida.
−A mí lo que me fastidian son los zapatos −dijo Isidoro.
Los chicos caminaron, no obstante, dándoles patadas a las piedras. El edificio de San Nicolás de Bari, aún sin terminar, se recortaba macizo en una de las eras que subían al calvario. El arquitecto, don Francisco López, había plantado los muros principales, de sólida construcción en forma de H, como un Escorial en pequeño, cuya severidad apenas ablandaban las impostas de ladrillo y los sillares encajados en las claves. Pero abandonó el edificio a mitad y se marchó de Teruel.
En aquellas penosas condiciones, sin tapia y sin alcantarillado, los muros sin lucir, las ventanas sin cristales, los tejados sin cañerías y las puertas sin reja, los hermanos de la Salle, que acababan de llegar a la ciudad, se arremangaron las sotanas y poco a poco, con el dinero que sacaban del colegio y las limosnas de las misas, fueron cerrando agujeros de aquel monasterio sin muebles. El más animoso era el hermano Etienne, un cura joven, francés, rubio de pelos lacios, con cara de ciclista, alargada y de mandíbula sobresaliente, que se dedicaba a poner hospicios en funcionamiento por todas las casas de la congregación. Los chicos dormían en amplias salas con jergones de madera, y comían en tableros dispuestos sobre cajas de fruta. Ayudaban a los hermanos a cuidar el huerto y a subir las cántaras de agua, y a terminar las obras del orfanato. Al atardecer se reunían en la sala que habían improvisado como capilla, y antes de comer la sopa ensayaban páginas de canto gregoriano con el hermano Etienne, y se recogían para escribir a la luz de una vela las planillas que por la mañana les había encomendado el hermano Serafín en el colegio.
Las tardes de los sábados, después de salir de clase, los chicos podían asistir a la sabatina, el rosario de la congregación mariana, o bien dar un paseo por el campo. El hermano Alfonso marchaba con los más pequeños por los caminachos blancos de la muela, a que vieran la tierra desde arriba y el hospicio desde lejos, pero los más mayores podían irse por su cuenta.
En el patio, los chicos pequeños jugaban a perseguirse y los grandes que habían sido castigados vaciaban cestas de boñigas en los alcorques de las acacias, cuatro plantones desnutridos que sin embargo habían echado ya la hoja y estaban cuajados de piojos a punto de reventar, esas flores blancas que todos los años provocaba a más de un crío dolores de tripa y tormentosas lavativas.
Las escaleras de la entrada no tenían barandado. Isidoro las subió de dos en dos. Iban rectos al dormitorio, a guardar el botín del día: un lardacho de tamaño regular y tres o cuatro piedras pequeñas con muescas que a lo mejor eran fósiles. Isidoro llevaba las piedras en los bolsillos de los pololos y luisín un frasco de cristal ámbar oscuro, tapado con un corcho, en el que se podía leer aún una etiqueta de bordes azules con la palabra Alcohol etílico escrita en caligrafía redondilla. La habían robado del botiquín del colegio por la mañana, cuando Isidoro pasó a que el hermano Alfonso le curara el chichón del hermano Serafín. Dentro del frasco, una sombra con manos diminutas flotaba enroscada en su propia cola.
Casi habían alcanzado la escalera que subía al dormitorio cuando una voz firme los detuvo en seco.
−¿Isidogo?
Era la voz del prefecto, el hermano Etienne. Habían pasado de largo la puerta de la oficina y ahora tenían que volver sobre sus pasos.
−¡Déjalo en el suelo! −le gritó en voz baja Isidoro a Luisín. Luisín se puso nerviosísimo y al sacar el frasco casi se le cae al suelo. Isidoro lo cogió al vuelo y se lo metió él en su otro bolsillo, y cruzó devotamente las manos para disimular el bulto con el antebrazo. Las piedras no representaban ningún problema. Tan rápido como pudieron, se metieron los faldones de la camisa en los pololos, e isidoro entró por la puerta de donde había salido la voz. Luisín se quedó a esperar.
El hermano Etienne era muy afable, pero muy estricto. Cuando Isidoro asomó, el hermano ciclista ya se había levantado del sillón. El hermano detuvo su cuerpo en seco y levantó las cejas.
−Pasa, Isidoro. Han venido a verte.
Isidoro avanzó un paso y al trasponer el dintel del muro vio a la derecha, de pie y con las manos en los bolsillos, a su hermano Tomás.
Una sonrisa iluminó el rostro del muchacho. No se lo esperaba. Su hermano trabajaba en las minas de Ojos Negros y sólo bajaba a verlo en las fiestas mayores. Había venido en Navidad, y les había traído una estufa de hierro para caldear el dormitorio que él mismo había forjado, y un vagón de leña que pagó de su bolsillo. A Isidoro le daba unas perras; al hermano Eitenne, algo de lo que hubiera podido ahorrar.
−¿Qué haces aquí? −dijo Isidoro, y fue a dar un beso a su hermano, y se abrazó a él. Esto tampoco era frecuente, desde luego, en un zagal tan raboso como Isidoro, pero Tomás notó de inmediato cómo su hermano le empujaba en el muslo con un objeto que Tomás sacó en un solo gesto del bolsillo y tapó con su chaqueta, sin que el hermano Etienne viera más que un hermoso abrazo entre dos hermanos. Cuando se separaron, lo mantuvo cogido del hombro.
−Recoge tus cosas −le dijo−. Nos vamos.
Isidoro tuvo la sensación de que se inflaba por dentro, de que se levantaba del suelo.
−¿Ahora mismo?
−¡Pues claro! Llevo una hora esperándote lo menos. Anda, arrea.El muchacho salió. En la puerta, pegado a la pared, estaba Luisín, que lo miraba con ojos de susto.
−¿Te lo ha visto? −dijo.
−No −contestó Isidoro, y pasó delante de él, que lo siguió escaleras arriba preguntándole qué había pasado con el prefecto, y con el lagarto.
En la oficina, el hermano Etienne y Tomás habían reanudado su conversación.
−¿Sabe cuántos muchachos de estos hay picando en la mina?
−Lo ignogo −dijo el hermano Etienne.
−Más de cien. Más de los que tienen aquí metidos. Muchos más. Y todos trabajan a destajo, se lo puedo asegurar, que los he visto yo.
−Pog eso mismo nesesitamos a pegsonas como tú.
−Una última cosa. ¿Quién le ha pegado?
−¿A Isidogo? ¡Aquí no pegamos a nadie!
−Pero en el colegio sí. Lleva un chichón así de gordo en la cabeza. Y mi hermano sabe esquivar las piedras.
Tomás alargó la mano mientras el hermano Etienne ponía cara de circunstancias, y cogió una caja atada con un cordel que había dejado en el suelo.Al salir, su hermano Isidoro estaba en la puerta. Se había echado un poco de agua en el pelo y llevaba un hato con sus cosas. A su lado estaba Luisín, con otro hato parecido. Tomás se dio la vuelta y miró al hermano Etienne.
−No se preocupe. Mañana los tiene en la escuela. Y por las tardes vendrán a echarle una mano.
Los tres cruzaron el acueducto que separa la ciudad del cementerio, y subieron bordeando la muralla. Se metieron otra vez en la ciudad por el Tozal y al llegar a la calle del Clavel torcieron a mano izquierda y se metieron en la Posada de los Vidrios. En el cuarto que Tomás había alquilado dejaron las cosas. Tomás sacó del bolsillo el bote de alcohol con el lagarto, que dejó encima de una mesilla vieja, el único mobiliario, aparte de la cama, que había en todola habitación. Tomás les dijo que lo esperasen allí. Antes de marcharse, le dio a su hermano la caja que traía.
−Son unos zapatos -le dijo-. Yo no sé andar con ellos, así que me he comprado unas alpargatas nuevas. Póntelos mañana para ir a la escuela. Y tú no te rías, Lusico. Ya compraremos otros para ti.

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